domingo, 19 de agosto de 2018

Crónicas del verano: Salmontes muertos y delfines


En nuestro paseo matinal por la playa, hoy elegimos seguir costa por la izquierda. El paraje nos resultaba familiar posiblemente ya hubiéramos paseado por esa zona en años anteriores. Con seguridad lo habíamos hecho por el paseo marítimo pues  llegamos  una pequeña ermita que reconocimos así como uno de los pequeños restaurantes que la circundan. Así que, al tranquilo paso de Charo que tiene lesionada  la rodilla y no anda bien, recorrimos la extensa franja de playa paralela al barrio pesquero de Lepe. A nuestra izquierda, como a unos 100 metros, arrancaba la poblacion desde las casitas de pescadores y de tanto en tanto, la playa abría un canal flanqueado con boyas amarillas para el paso de las embarcaciones de pesca o las deportivas. Al fondo, un centenar de metros mar adentro, podía verse un parque acuático a base de castillos inflables con toboganes, piscinas y plataformas para lanzarse al agua. En un tramo de la playa me extrañó ver en la orilla muchos peces muertos, incluso algún calamar. Instantáneamente pensé en los efectos de la contaminación y sentí una mezcla de pena e indignación. Se lo comenté a Charo y mantuvimos una pequeña charla de contenido ecologista durante un rato. A los pocos metros dejamos de divisar los pequeños cadáveres que empezaban ya a hinchar su abdomen al sol.
De vuelta por esa zona, nos extrañó la excitación de los paseantes que miraban al mar asombrados. No tardamos en descubrir entre las olas, muy próximos a la orilla, un grupo de delfines nadando con sus aletas emergiendo sobre el agua  y saltando con la gracia y agilidad que les caracteriza.

- ¡Delfines!, grité a Charo señalando esos  mamíferos acuáticos tan bellos entre las olas, bajo una nube de gaviotas.

Conmovidos permanecimos un rato observando sus evoluciones tan cerca de nosotros que invitaban a saltar al agua y  unirnos a ellos. Un pescador, al ver la gente pasmada ante el espectáculo, se acercó ala playa y cogiendo uno de los peces muertos en la orilla lo lanzó hacia el grupo. Enseguida un delfín se aproximó y, con un salto majestuoso, se sumergió en busca del bocado que le ofrecían. Entonces comprendí. Los peces de la orilla eran capturas arrojadas allí por los pescadores ya  por ser muy pequeñas, o de especies sin interés o por que se les hubieran escapado al descargar las redes... Y los delfines (y las numerosas gaviotas) se apostaban a la espera de conseguir con comodidad y abundancia una comida regalada.

Tras unos minutos, el grupo de delfines, se internó de nuevo en alta mar. Desilusionados por no poder disfrutar más de su presencia, continuamos nuestro paseo. Bien es cierto que un delfín invita al optimismo.



   

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