El discurso interminable
Una oratoria generativa que nunca concluye: sujeto, verbo y complemento se combinan con concordancia en cada frase, repartidas entre columnas que se barajan al azar mientras una voz las va leyendo en voz alta.
Una oratoria generativa que nunca concluye: sujeto, verbo y complemento se combinan con concordancia en cada frase, repartidas entre columnas que se barajan al azar mientras una voz las va leyendo en voz alta.
Trasteando con la IA de Claude le pedí un lector de libros (generador de audiolibros) y, de acuerdo con sus asesoría, probé un lector de libros implementado en blogger. He aquí lo que me entrega; una auténtica aplicación de lectura integrada en el blog.
El texto que pegues (no conozco sus límites en tamaño) será leído en alguno de los idiomas del paquete de voces de su motor de voz. En mi caso (necesitaba el gallego para leer el libro de Antonio Cupeiro) no tengo gallego. Probarè a instalarlo; pero creo que windows no lo habilita. Veremos.
Mientras tanto, he aquí esta pequeña maravilla para lectores vagos.
Pega o carga un texto y esta página lo convierte en un audiolibro: lo lee en voz alta con la voz de tu navegador, resalta la frase que suena y te deja saltar entre capítulos.
En septiembre de 2025, Antonio Cupeiro presentó en un acto emocionante, las memorias de su infancia en la aldea de Oroxe, perteneciente al concilio de Casgtro de Rey y a la parroquia de Batzar. Arropado por el señor alcalde y el público asistente (todos de alguna manera relacionados con los personajes de su libro) explicó a los asistentes su obra y abundó en detalles y anécdotas de aquellos tiempos.
Después de la presentación y conversar con sus paisanos me comentaba. "Creo que habrá muy pocos sin mi libro..."
Memorias dun home de palla
Antonio Cupeiro Fernández ha publicado su libro "Memorias de un hombre de paja", ahora traducido al gallego, en Lugo.
El personaje de Donald Trump presenta un perfil que es casi una caricatura clásica del León, presentado en la literatura como un animal poderoso y narcisista que impone su criterio por la ley de la fuerza. Expresiones como "La ley de la selva", "tomar la parte del león", "El Rey León", "contrato leonino" ... aluden al uso del poder para gobernar a los demás sin dar explicación alguna.
Con motivo del ataque y secuestro en Venezuela de su presidente Nicolás Maduro, muchos han recordado una vieja fábula popularizada por Fedro en el s. I d.C. "El León en Sociedad con la Vaca, la Cabra y la Oveja".
Quiero recordar esta fábula y añadir una continuación de mi cosecha. Me parece interesante comparar la actual situación con este relato simplificado y fabuloso; pero que presenta un ejemplo claro de como funciona el poder en la sociedad.
Cayo Julio Fedro, liberto romano de origen griego, en su quinta fábula de su libro I titula esta fábula como "Una vaca, una cabra, una oveja y el león" encabezándola con la moraleja "Nunca te acompañes con quien puede más que tú".
Esta fábula tiene raíces en Esopo, al que la tradición oral atribuye su origen inicial; aunque muchos de sus relatos pueden ser recopilaciones de otros populares en su época en el s. VI a.C. El fabulista romano Fedro (siglo I d.C.) adaptó y popularizó la historia en verso, siendo una fuente clave para su difusión. Versiones posteriores: Autores como Govantes y La Fontaine (siglo XVII) la adaptaron, incluyendo versiones en prosa y otras que se basan en el tema para reflexiones modernas, como la de Augusto Monterroso.
El énfasis en la versión de Fedro recae en el León (el dominante), mientras que otros se centran en el resto de los personajes (los oprimidos)
Reproducimos el testo original de Fedro:
FAB. V "la vaca, la cabra, la oveja y el León"
La sociedad con el poderoso jamás es fiel.
Esta fabulilla confirma mi proposición.
Una vaca, una cabra y una oveja paciente de las injurias de un León en unos bosques.
Habiendo aquellos cazado un ciervo de enorme oorpulencia, hechas las partes, el León habló de esta manera:
"Ego primam tollo, nominor quia Leo;
Secundam, quia sum fortis, tribuetis mihi
Tum, quia plus valeo, me sequetur tertia;
Malo adfligetur, si quis quarlam tetigerit.
Sic total praedam so la improbitas abstulit."
(Yo tomo la primera, porque me llamo Leon;
Me daréis la segunda, porque soy fuerte;
Además, me corresponde la tercera, porque valgo más;
Si alguno tocase a la cuarta lo pasará muy mal.
Así la maldad sola, pudo llevarse toda la presa)
A partir de la situación actual que se presenta con la agresión e imposición a Venezuela de las condiciones de Trump, voy a incluir también una aportación personal al relato clásico: imaginaré una continuación al hilo de los acontecimientos.
CONTINUACIÓN A LA FÁBULA DE "El león en la sociedad de la vaca, la cabra y la oveja"
"Desanimados y hambrientos el resto de los miembros de la sociedad (los débiles) no osaron enfrentarse al Rey de la selva. La vaca volvió a sus extensas praderías en la lejana Asia teniendo que dejar al león dominio y mando sobre los pastos y pagando además aranceles sobre la hierba que consumían las gacelas que cazaba. La cabra se retiró a sus montañas de Afganistán donde subsistió precariamente con la rala vegetación de aquel agreste paraje y la oveja continuó pastando en prados de hierbas raquíticas intentando sobrevivir en aquellas raras tierras valdías.
Como el León pese a ello exigía cada día más y más, los animales agobiados por la necesidad reflexionaron y decidieron que había que plantar cara al Rey de la Selva cada uno en la medida de sus posibilidades. Pronto descubrieron que disponían de algunos recursos que habían subestimado. La vaca invirtió desde entonces mucho tiempo en afilar sus cuernos y practicar la envestida. Al mismo tiempo decidió que no pagaría aranceles por la hierba que producían sus extensas praderas en China. Su enorme tamaño además le confería fuerza y empuje para aguantar los ataques del León. La cabra, encastillada en las rocas de su accidentado territorio en Afganistán, resistía con eficacia las expediciones de castigo del gigantesco felino que no lograba alcanzabar los intrincados refugios de sus montañas. Allí, la logística caprina era más eficaz y el león desgastaba sus músculos y sus pezuñas contra el áspero terreno. La oveja descubrió también que disponía de raros recursos que otros apreciaban: disponía de paciencia y facilidad para agruparse y negociar, siendo además productora de lana y leche de calidad muy apreciada, por ejemplo. Bien es verdad que, sin poder compartir sus recursos, todos los miembros de la sociedad se empobrecían; pero por lo menos no serían dominados por uno solo de ellos.
DESENLALCE:
Pero ¿Cómo acabó esta historia?
No se sabe bien si, finalmente, el León aprendió la lección de que la cooperación beneficia a la mayoría de una sociedad. Lo que sí se conoce es que, un día cuando volvió a la manada, las leonas le enfrentaron exigiéndole buena leche de cabra para sus crías y mejor carne de gacela, que las que cazaban estaban escuálidas. Igualmente le apremiaron a que hablara con las ovejas para que le dieran lana, que los últimos inviernos estaban pasando mucho frío. Algunos dicen que el León no supo qué contestar. Intentó imponer su autoridad a la manada; pero un numeroso grupo de leonas le plantó cara. El gran felino hubo de retirarse con el rabo entre las piernas.
Otras fuentes aseguran que el león, resentido Y decidido a mostrar su autoridad, la emprendió con la vaca produciéndose una feroz batalla que acabó en una carnicería donde el enorme animal, finalmente, pereció. El León herido buscó abrigo en las montañas para reponerse del combate, pero la cabra no le dejó en paz acosándole constantemente con su cornamenta mientras reposaba lamiéndose sus heridas; aunque finalmente logró acabar con la rebelde cabritilla ella aprovechando un descuido del animal. Por último llegó a los pagos de la oveja; pero tan malherido que allí se recostó cansado y hambriento. En un último esfuerzo logró cazar a la oveja a la que devoró en un último bocado. Después murió.
Pero algunos descendientes de aquella manada relatan que sus abuelos les confesaron que, en vista de la situación, los leones más viejos, se reunieron en consejo para debatir la situación y decidieron destituir al actual Rey nombrando a uno más sensato.
No sabemos con certeza cual es el auténtico final de esta historia. Quizá aún no se haya producido; pero uno de ellos produce escalofríos."
NOTA
Este artículo está inspirado en el artículo de Diario "La Opinión de Málaga" publicado por Miguel Ángel Santos Guerra el día 10 de enero de 2026.
Durante años, en mis clases, he recurrido a las deivertidas lecturas de un pequeño libro de Úrsula Wölfel titulado "Veintiocho historias de risa". Ursula Wölfel fue una profesora y escritora alemana de literatura infantil, nacida en 1922 que tras la Segunda Guerra Mundial, estudió para maestra de primaria y se convirtió en profesora de educación especial. Ha publicado numerosas obras dedicadas a los niños desde su primer libro en 1954. Aunque tiene otros libros con estructura similar ("29 historias disparatadas", 227 Historias para tomar la sopa", "30 Historias de Tía Mila", etc) "Veintiocho historias de risa" es quizá su obra más conocida en España.
Dentro de ese libro hay una especialmente divertida y que llama mucho la atención de los pequeños, se trata de "La historia del ratón en la tienda"
Este texto me ha servido de inspiración para iniciar esta colección de relatos relacionados con "el asco" y presentados de forma divertida. He aquí el primero de ellos.
Las tres R
Las tres R. Esas eran sus reglas: reducir, reciclar y reutilizar. Y las aplicaba a todo cuanto podía: al manejo de envases, uso de los deshechos, gestión de la basura... Los restos de comida iban a parar a un pequeño rincón de su jardín que hacía las veces de compostadora. Las mondas de patatas, pepinos, cáscaras de frutas... servían para fabricar un preciado abono que sus plantas agradecían y las bolsas de hortaliza se convetían en envoltorios de sus comidas en la nevera, por ejemplo.
Llevaba sus acciones a extremos que alguno consideraría asquerosos: por ejemplo, reusaba los clinex empleados para aliviar la fuente de mocos de su nariz, tras permanecer en la papelera unas horas y secarse. A veces la reutilización alcanzaba varios ciclos... Incluso el papel higiénico tenía su propio circuito multiuso.
Sabiendo que habría de dar estos pasos inevitablemente cada mañana cortaba un trozo de papel higiénico y limpiaba o secaba sus gafas, después aprovechaba para sonarse los mocos. A menudo lo reusaba después como papel secante tras orinar en la taza del wáter y, ocasionalmente, para limpiarse después el trasero tras defecar. Estaba muy orgulloso de su eficiencia en el uso de los recursos; pero un día, legañoso y con mucho sueño aún, hizo todo al revés. Primero se limpió el trasero tras una deposición bastante fluida, la verdad; después, sin darse cuenta se sonó los mocos y a continuación secó su apéndice urinario sin percatarse de las sucesivas capas de pintura que aplicaba. Por último se limpió las gafas.
Cuando se dio cuenta se lanzó desesperado al rollo de papel higiénico. Gastó un rollo entero antes de lalvarse completamente todo el cuerpo y secarse con una toalla.
Me gustaban mucho las fábulas. Y aún me gustan. He escrito por diversión algunas. Hoy vuelvo a hacerlo a raíz de un comentario que hizo mi sobrino Sergio cuando le recriminé amablemente que se moderara al servirse en la mesa el primero y lo mejor... "En mis tiempos" (digo esta frase y me siento más viejo aún) esto era considerando una falta de educación. Mi sobrino, mirándome fijamente y con absoluta convicción, me respondió:
-¿Sabes lo que decía la abuela Anuncia? ¡Que si fueras oveja no beberías agua clara!
Me quedé pensando en la frase. ¡Que abuelas tan diferentes! Mi madre, ya abuela hace tiempo con sus 101 años, siempre nos educó en respetar turnos, no tomar el mejor bocado (o, en todo caso, elegir el más cercano a tu posición); no aceptar nada de lo que nos ofrecen sin los permisos correspondientes (el del donante y el suyo propio como madre)... La abuela Anuncia (mi suegra, q.e.p.d) anima a sus nietos a ser los primeros, a no privarse del mejor bocado que aparezca delante de ellos... En mi casa se comía primero el pan duro o se aceptaba el trozo que te tocaba; en la de la abuela Anuncia desaparecen los picos del pan nada más ponerlo en la mesa; incluso hay disputas por ellos (los bocadillos con el chorizo de las lentejas son un manjar exquisito, sobre todo con los cuscurros).
Pero como de niños nos quedaron aficiones y como a los pequeños les encanta de aprender de los animales he escrito una fábula. Quizá así reflexionen sobre que "ser el primero" no siempre es lo correcto. Por cierto; mi sobrino Sergio anda ahora enamorado. Todo son atenciones para su novia Olga; la agasaja a conciencia, mira por sus ojos; gustoso le cede el mejor sitio... Estoy seguro de que "si fuera oveja no bebería agua clara con ella al lado".
Fábula de las ovejas y el agua clara.
El joven cordero se quejaba a la oveja vieja:
- Siempre que llegamos a un río y me coloco para beber hay tantas ovejas delante de mí que el agua baja turbia.
La oveja vieja, la del pellejo arrugado y renegrido por años de sol, le miró y le dijo con un balido ronco:
-"Si quieres beber agua clara tienes que ponerte el primero: remonta el río hasta que no haya nadie. Ahí el agua es pura y cristalina. Hazlo y tendrás el privilegio de beber el mejor agua"
El pequeño cordero rodeó la fila de ovejas que bebían en la orilla y ascendió la suave pendiente hasta colocarse en cabeza. Entonces metió alborozado sus pezuñas en la orilla y bebió. Transido de felicidad saboreó aquel agua tan clara que le supo riquísima. Pero los corderos de más abajo se quejaron a la vieja:
- El cordero que se ha colado nos ha enturbiado el agua. Estamos bebiendo el lodo y la porquería que remueve con sus patas en la orilla.
La vieja, un poco harta de tantos corderos llorones, les dijo con un áspero balido:
- Id río arriba y poneros vosotros los primeros. Al principio del río el agua corre limpia y transparente.
Y así lo hicieron. Se adelantaron atropellándose unos a otros hasta llegar a la cabecera del grupo. Festejaban con alegres balidos lo rico que estaba aquel agua tan limpia.
Río abajo, sin embargo, el grueso del rebaño se enfureció por la suciedad que ocasionaban con el barro de la orilla que pisaban los atolondrados corderos de vanguardia. Miraron con rencor a la oveja vieja y se quejaron amargamente:
- ¿Por qué has aconsejado a los corderos que se cuelen en la fila? Ahora el agua baja mucho más turbia que antes...
Harta la oveja vieja baló para sí:
- No sé para qué cuento mis secretos a estos bobalicones; al fin y al cabo "oveja que bala, bocado que pierde" y con tanto consejo me estoy quedando en ayunas. -Y diciendo esto se dio la vuelta y se puso a pastar la verde hierba de la orilla-
Las ovejas entonces se apresuraron a adelantar a los corderos de cabeza y entraron en tropel en el río para beber agua clara.
Los corderos reaccionaron iniciando una apresurada procesión por la orilla para alcanzar la posición de vanguardia en el rebaño río arriba. Cuando el primero la alcanzaba y empezaba a beber ya otro se le adelantaba y se paraba un metro por delante enturbiando el agua con sus pezuñas.
Cada vez más deprisa y más enfurruñados se adelantaban unos a otros hasta que finalmente todos cayeron exhaustos junto a la orilla. Estaban tan cansados y tenían tanta sed por no haber podido beber a su gusto que no tenían fuerza ni para levantarse...
En ese momento llegaron los lobos y se dieron un gran festín. Las ovejas estaban tan cansadas de competir que se las comieron a todas.
Las pasadas Navidades escribí, como acostumbro en los últimos años, un relato navideño. En esta ocasión se me ocurrió recrear lo que podría haber sido el esperado nacimiento del "Rey de los judíos" en la sorprendente condición de mujer. Un relato ingenuo y ficticio que, al parecer, hiere con muchas aristas y da lugar a situaciones sorprendentes.
En primer lugar la reacción de algún familiar que lo relaciona directamente con la "Ley Trans". Hube de buscar en internet el contenido de dicha ley; no fuera que, sin saberlo, hubiera entrado en una polémica que levantara sarpullidos sin conocer bien su contexto.
Por otro lado la historia religiosa nos ofrece discusiones bizantinas sobre, por ejemplo, "El sexo de los ángeles". Incluso el "sexo de Dios" ha sido tratado. Generalmente se concluye que no es un tema esencial el género en la divinidad. Pero el lenguaje, el arte... ¡y la propia mente de cada cual! representa siempre una figura masculina para la deidad.

Por último, deseoso de tener una imagen original (relativamente) sobre el tema, le pedí a la IA que elaborara una imagen de Dios en la que éste fuera mujer. Existen representaciones alternativas de la creación elaboradas y publicadas desde perspectivas feministas que nos presentan un "Hijo de Dios" con cuerpo de mujer. Una de ellas (una hija de Dios mujer y negra "para más inri") la había utilizado para aquel relato.
Por una curiosa asimilación fonético-semántica durante años he creído que la expresión era: Beatus illex (quizá por una asimilación con nuestra emblemática encina; una especie de quercus: quercus ilex). Y de ahí enseguida saltamos al título que propongo para este artículo: Beatus Sílex, algo que personalmente traduzco como "Feliz el que añora el sílex, la edad de piedra".
Da la casualidad de que conozco una familia con cierta tendencia al estilo de vida paleolítico, al espíritu cavernario y ancestral de la especie. No es necesariamente mala esta tendencia; en la sociedad actual (tan materialista, tan consumista y hedonista) esta orientación vital a contracorriente tiene su mérito y sus ventajas. Quien sabe economizar subsistiendo con su familia con una mínima pensión hasta los 100 años y sin más ayuda monetaria es, merecidamente, un héroe, hoy día. Los hijos han heredado y/o aprendido esta actitud y tienen a gala saber llevar una vida espartana, en la que no faltan sin embargo viajes y celebraciones aunque, eso sí, economizando todo lo posible en cada caso: se visten sencillamente y aprovechan prendas heredadas, viajan con lo mínimo, comen bocadillos o el menú del día más barato, compran en el supermercado las ofertas del día, eligen la panadería más económica, buscan las fruterías de los pakistaníes con sus precios reducidos y celebran con viandas sencillas y fiestas modestas sus fiestas habituales. Por supuesto comen de todo, no le hacen asco a nada y sus pequeñas delicatesen consisten en un paquete de cacahuetes, bolsas de kikos o de patatas fritas de Eloy Acero (reconocida marca burgalesa de patatas artesanas). Las galletas a palo seco también entran en el lote.
Sin embargo detecto en ellos un orgullo malsano basado en su autosuficiencia, en el minimalismo extremo, en la avaricia del gasto hasta negociar en la propia supervivencia. Me fatiga bastante su búsqueda incansable de chollos y baraturas. Existe en ellos un cierto elogio de la roña, un soberbia de lo cutre, una nostalgia cavernaria ... Aparece, pasándose de rosca, un hiriente desdén contra lo bien hecho, un desprecio de la exquisitez, un beligerante resentimiento contra lo sibarita.
Hay algo de Síndrome de Diógenes en su incapacidad para desprenderse de lo viejo, de la nostalgia mueble, de lo que estorba por todos lados. Una tendencia a materializar la memoria en forma de ramos de flores secas de hace décadas, en fotos descoloridas, en muebles seculares, en libros polvorientos que reposan durante lustros en sus estanterías repletas. Igual pasa con los vestidos apolillados, los pantalones recosidos, los manteles remendados o reciclados en servilletas... Por no hablar de los sillones desvencijados de sobada tapicería, las sillas desfondadas, las televisiones antediluvianas, la máquina de coser Singer (una reliquia del siglo pasado), las vajillas desportilladas, los viejos baúles sagrados, las descoloridas estampas veneradas con exposición preferente por una paredes que piden a gritos una mano de pintura. No entiendo su despreocupación ante la vitrocerámica con la mitad de las resistencias fundidas o su desidia ante el vetusto calentador que funciona alternando aterrorizantes explosiones con mínimas llamas que apenas proporcionan tibieza al agua en invierno. Por no hablar de los tubos fluorescentes que tardan medio minuto en encender o los tiradores del armario sustituidos apresuradamente por bridas ante la dificultad para abrirlos. Ya, lo de menos, es la tapa del váter rajada por la mitad desde hace meses o la puerta de la mampara del baño que baila fuera de las ranuras.
La dejadez se impone. Se convierte parte de la terracita en almacén de zapatos y zapatillas viejas amontonadas entre frascos y betunes. Las escobas y fregonas siempre estorbando al lado de los cubos de basura tras una vieja cortina puesta recientemente pero ya con lamparones. Los tiestos, mínimos desiertos en las estanterías, se ven afectados por la sequía de la desidia. El tendedero se descuelga y las cuerdas de tender en la terraza se despliegan como rotas telarañas. Algunas camas no siempre se hacen y algunos habitantes no duermen sobre sábanas; prefieren a veces el saco de dormir directamente sobre la colcha. La mesa de la cocina tiene ruedas para moverla con facilidad y viaja por la cocina sobre ruedas pero sus cajones hace tiempo que están desencajados y cuando sus alas se despliegan se produce un incómodo alabeo por los laterales. Y podríamos seguir hablando de ventanas que cierran mal y con la manilla para abrir invertida; o de los enchufes flojos en sus cajetines o sobrecargados de ladrones baratos de los chinos; o del tablero de corcho acribillado por alfileres y agujas que caen como una lluvia filada sobre sus habitantes llegando a fundirse en sus bocadillos con el escabeche de un chicharro atragantando a alguno de los propietarios hasta casi la asfixia...
Contemplo con ternura esta actitud espartana ante la vida. Miro con simpatía como sobreviven en un mundo donde prima el consumo y el hedonismo. Pero me preocupa su desinterés por dotarse de un contexto agradable. Me subleva su absoluto desprecio por hacer las cosas mejor, más cuidadas. Me duele su desdén por el tiempo dedicado a lo bien hecho, su dejadez ante arreglos y mejoras, la eterna postergación de la ordenación y la limpieza, el minimalismo social, la desvalorización de la comodidad y el bienestar; el abandono del cuidado, de la imagen, la ignorancia del contexto, la independencia de campo social.
Por eso, con actitud pedagógica a veces mal interpretada, les animo a apreciar el tiempo y ilusión dedicadas a preparar una comida hecha con cariño; les intento convencer de la necesidad de una mayor limpieza de la casa, de más orden en los cuartos, de una distribución más cuidadosa de los armarios... No debemos ignorar los esfuerzos realizados por crear un clima agradable, una estancia acogedora, un espacio recogido. No debemos malinterpretamos el trabajo dedicado a mejorar tu casa, recoger tu vajilla, proveer tu despensa. No es un asunto baladí: la felicidad es producto de las pequeñas cosas; no vivimos en el paleolítico y la vida hoy es más compleja. Los detalles importan.