jueves, 23 de noviembre de 2017

Diario del peregrino del Camino de Uclés. 2ª etapa. Arganda - Perales de Tajuña

DIARIO DEL PEREGRINO DEL CAMINO SANTIAGUISTA DE UCLÉS



Etapa 2: Arganda del Rey - Perales de Tajuña
10 de noviembre de 2017. Sabádo.

Me he presentado en la estación de metro de Arganda del Rey tras salir de Guadalajara en tren de cercanías hasta Vicálvaro y transbordar cómodamente al metro Puerta de Arganda en apenas una hora y media, algo más tarde de lo habitual por ser fin de semana. En el tren he pasado el rato tomando apuntes de las dos etapas anteriores y el tiempo se me ha pasado volando. Tras salir de la estación me dirijo de nuevo a la iglesia de San Sebastián Mártir*1. Poco antes de llegar a la puerta me cruzo con un numeroso grupo de excursionistas de todas las edades. Uno de ellos lleva mochila. Nos miramos un momento pero seguimos cada cual su camino. Luego me enteraré de que era el párroco y un grupo de feligreses que iba a realizar precisamente el tramo del camino de Arganda a La Poveda. La parroquia, gracias a Dios, tiene esta vez las puertas de la reja del recinto abiertas*2 y una señora se afana en el cuidado de las plantas. Yo paso y recorro las instalaciones, llamo a timbres, abro puertas, busco sacristías y despachos; pero a nadie encuentro. Al salir me topo con la señora que cuidaba las flores y me dice que, precisamente el párroco acababa de salir con un grupo a hacer un tramo del camino.  Le explico que es la segunda vez que intento que me sellen la credencial. La cosa es  realmente difícil a lo que parece. Le informo de que hace tres años me la sellaron con un sello del despacho de la planta inferior del templo en parecidas circunstancias y la buena mujer me lleva allí de nuevo y me estampa en la credencial el sello oficial de la parroquia. Nada de hermosas vieiras o bonitos peregrinos pero, al menos, certifica mi paso por allí.

El día se presenta soleado. Asciendo las calles de Arganda hasta la iglesia de San Juan Bautista, patrono de la ciudad. Este templo, de 1736, construido sobre otro anterior de 1580 alberga una bella imagen de Santiago Apostol*3 que le convierte en hito importante de este Camino de Santiago que surca la meseta. La iglesia, abierta, me permite contemplar la bella imagen del santo que ocupa el centro de un pequeño retablo de una de sus capillas laterales. Esta escultura es sacada en procesión por las calles de la ciudad por la cofradía del mismo nombre todos los 25 de junio, día de Santiago. Tampoco puedo sellar aquí. El despacho parroquial ofrece un corto periodo de atención al público un par de días por la tarde.

Bajo de nuevo hacia el paso de la antigua vía del ferrocarril pasando por la Ermita de la Soledad (cerrada).*4 Sonrío al pasar recordando que en esta ermita me casó, hace la friolera de 37 años,  un anciano cura con principio de alzheimer que se empeñó toda la ceremonia en poner bajo la advocación de Virgen de las Angustias a la titular. Yo siempre he repetido después que "la soledad no es necesariamente angustiosa".  Al final del pueblo, al borde mismo de los polígonos industriales, está el comienzo de una vía verde (en realidad roja por el color del asfalto) que nos llevará hasta Perales de Tajuña, 35 kilómetros después.

Este tramo urbano, entre modernas urbanizaciones, es agradable y tranquilo. Discurre por amplias avenidas bien cuidadas y lucen muy bonita la nueva señalización y alguna que otra escultura de peregrino en hierro forjado, de esas que consisten en una silueta en negativo sobre una gruesa placa de metal.*5 Yo puedo decir que conocí este tramo con las vías puestas y que lo recorrí muchas veces paseando hace casi 40 años cuando obtuve mi primer trabajo como maestro en Arganda del Rey.

Muchos caminantes recorren la vía a esta hora de la mañana. La mayoría ciclistas muy abrigados que pasan raudos a mi lado. Paso bajo la ronda Sur, dejando el hospital del Sureste a mi izquierda. Pocos saben que el moderno hospital está situado entre trincheras de la Batalla del Jarama que se construyeron para consolidar las posiciones de los republicanos que defendían Madrid después de la cruenta sangría de febrero de 1937. Muy cercano, justo en el cerro Melero*6 contiguo al hospital en la parte posterior, se encuentra un museo al aire libre que recrea la vida en las trincheras. Por toda esta parte de la ruta, durante algunos kilómetros, serán visibles los restos de trincheras en en los cerros al otro lado de la nueva autovía A-2. Las llagas en el terreno que se observan a media altura son las cicatrices de esa guerra de posiciones que se estableció en la segunda fase de la batalla*7. Desde Google Maps se observan perfectamente los restos de estos trabajos defensivos.

Yo prosigo, más viejo, por este camino nuevo que anduve cuando era entonces un camino viejo, y yo más joven. Busco con la vista algún viejo búnker que los que quedan en pie, pero no lo encuentro. Más adelante, perdida toda esperanza de encontrar alguno, me topo con uno semienterrado a la izquierda a la altura de un cruce. *8

Como conozco la Vía (la he realizado ya en bici en años anteriores) sé lo que me espera. El tramo hasta Morata es muy agradable.  Se tiende primero a lo largo de un valle para, en el momento de salvar bajo un túnel la A-2*9, comenzar una ascensión muy bonita entre almendros, pinos, encinas y olivos. Después alcanzará el Alto de Morata junto a las instalaciones de la cementera Portland y cruzará la meseta que empieza a descender por el otro lado hacia el valle del Tajuña bajando por su ladera hasta Morata. La ruta está flanqueada por troncos de pino soriano convenientemente tratados y pintados de blanco y rojo en atención al los ciclistas que descienden como una exhalación de vuelta a casa.

Poco antes de llegar a la cementera dejamos a la derecha la Urbanización de Valdecorzas*10 en cuyas proximidades hay numerosos restos arquitectónicos de defensas de la Guerra Civil, incluso se puede divisar el emplazamiento de un antiguo campamento republicano de retaguardia. En el año 2012 recorrimos esta zona en las II Jornadas sobre la Batalla del Jarama que organiza el grupo Tajar de Morata de Tajuña*11. Antes, también, dejamos una original área de descanso que muestra, apoyado contra la ladera, un tramo completo de vía férrea sobre sus traviesas de unos 10 metros*12. Al acercarnos a la cementera la vía verde se desvía para rodearla por la izquierda. Si seguimos unos 50 metros de frente por el viejo tramo de balasto, del que aún se pueden ver semienterradas algunas traviesas, llegaremos al único trozo de vía conservado en la ruta en su posición original. Son apenas tres metros situados entre la doble alambrada que protege la cementera. Curiosamente aún permanece a su lado la vieja señal de "SILBAR"*14, que avisaba al maquinista de la obligación de anunciar su paso por el lugar. La vía del tren atravesaría los actuales terrenos de la central. En torno a la cementera afloran en el terreno numerosos restos de fortificaciones de la guerra civil aunque hay que separarse un buen trecho en algunos casos para visitarlas. En un momento dado pasamos sobre un puente que parece salvar una vaguada pero que en realidad cruza una zanja anticarro o un camino abierto con la línea de sostenes de las trincheras.15* Un cartel situado recientemente informa de las características de las trincheras y las operaciones que se realizaron entre este punto y la Casa de la Radio, importante centro de mando de las tropas republicanas.16*

La pista rodea la cementera entre olivos17*. Es una instalación enorme y se tarda un rato. Al otro lado encontramos la cinta trasportadora cubierta por tejadillos que trae el mineral de piedra caliza que, por cantidades gigantescas, se ha venido extrayendo del cerro Pidueña. Ahora queda un pavoroso vacío blanquecino que puedes ver si te apetece pasar por algún punto la valla y aproximarte al borde.18*

Dejamos atrás la cementera bajando suavemente hacia el Tajuña. Seguimos en terrenos de lo que fueron duros combates en la guerra caminando paralelos a la M-311 que se cruza con la M-302 cuando ya vislumbramos el valle del Tajuña. Al llegar a este punto podemos divisar, si tenemos buena vista, el monumento a las Brigadas Internacionales19* recortado contra el cielo en lo alto de un cerro al que se accede por una pista de tierra a unos 50 m. del cruce. Habría que desviarse bastante del camino y no recomiendo hacerlo, pero no puedo dejar de recordar que he comido allí muchas veces al aire libre cuando, por mi trabajo en asistencia domiciliaria, me veía obligado a realizarlo en el camino. Es un lugar mágico, con su peculiar escultura roja al lado de las trincheras.*20

En la bajada, alegre, hacia Morata nos encontraremos con las ruinas de un apeadero*21 junto a las que han colocado algunas mesas. Más adelante se conserva aún al lado del camino un poste de señalización ferroviaria que aún sobrevive al paso del tiempo.22* Por el camino nos cruzamos con ciclistas o corredores. Una en particular me causa admiración al correr cuesta arriba con facilidad pasmosa. Luego, de vuelta, me sobrepasará fresca como una lechuga mientras yo resoplo y pienso en mis piernas doloridas.

A la entrada del pueblo desaparecen las señales. Debe existir una prohibición expresa para que existan, pues de lo contrario M. Rossi ya se hubiera apresurado a señalizalo al completo. Se atraviesa la población siguiendo más o menos la dirección que traemos y, tras pasar una fuente empotrada en un triángulo de piedra, se llega enseguida al cuartel de la Guardia Civil. Me detengo y llamo al timbre para solicitar que me sellen la credencial, pero no contesta nadie.  Un cartel con el horario me informa de que ya no son horas. En esto llega un joven guardia civil de paisano con su pareja y me pregunta qué deseo. Cuando le informo me dice que ellos no hacen estas cosas. Yo le aseguro que hace tres años sí lo hicieron cuando pasé con mis sobrinos en bici.*23 No pareció creerme pues repitió la consigna: "no hacemos esas cosas". Me despedí dándole las gracias de todos modos y proseguí. En toda la travesía no encontré iglesia ni bar donde solicitar el sellado. Acabé al lado del cementerio en el otro extremo del pueblo y barruntando que la vía verde seguiría por el fondo del valle bajé hacia la carretera. Sin traza alguna del camino un paisano me informó de que la vía verde continuaba por encima del cementerio: otra vez cuesta arriba y a rehacer camino. Sin volver la vista me despedí de esta población que me resultó hostil.

Buscaba desde la salida de Morata un lugar amable donde comer tranquilo. Era ya muy tarde (más allá de las cuatro), estaba cansado y tenía que hacer una llamada para reservar en la Casita del Peregrino de Perales la estancia para una noche.Aún anduve un par de kilómetros más, pero ningún lugar me pareció adecuado. Al final terminé parando junto a uno de los puentecillos con pequeños muretes que salvan los arroyos del camino. Corrí a descalzarme las botas y colocarme unas zapatillas ligeras: ya no aguantaba más las rozaduras y las ampollas. Después me comí los restos de  paella del día anterior que llevaba en un tuper y me apresuré  a comer una manzana. Mientras masticaba la fruta llamé al teléfono de Ana, la propietaria de la Casita de Peregrinos. M. Rossi me había recomendado reservar, incluso me lo había  reiteradp por whatsapp hacía poco. Cuando le expuse mi intención a la propietaria me dijo que no disponía ya de habitación alguna. Me explicó que era temporada de monterías y tenía lleno el hostal. Añadió que la única habitación de peregrinos la había ocupado ya uno que vino por la mañana. Yo me sorprendí de que un peregrino llegara tan pronto al final de etapa.  Le pregunté por otras alternativas y me habló de una casa rural, pero que era de alto standing y no sabía cuánto me podría cobrar. Finalmente informó de que consultaría al peregrino que se encontraba en ese momento descansando por si no le importaba aceptarme como compañero al tratarse de una habitación doble. Poco después me llamó y y se puso al teléfono Jesús, el peregrino huésped. Le conté la situación y él se ofreció a compartirla si no quedaba más remedio, pues no veía bien que me quedara en la calle con estos fríos. Yo le dije que iba a probar otras alternativas, pero si no las encontraba llamaría para aceptar su ofrecimiento. Tuve la sensación de que, en realidad, le incomodaba compartirla así que aproveché que mi sobrina vive en Arganda y casualmente no trabajaba hoy para que viniera a buscarme. Dormiría en sus casa y descansaría a gusto, que buena falta me hacía con lo fatigado y dolorido que estaba. Como ella tenía un compromiso hacia las 7 disponía de apenas dos horas para llegar a Perales centro, donde habíamos quedado. Me apresuré y, con la perspectiva del hospedaje familiar, se me hicieron muy cortos los 7 km. que me faltaban.

Llegué a Perales al anochecer y me tope con una bifurcación en la señalización al poco de entrar en el pueblo. Una flecha inidicaba subir por una calle larga y empinada y la otra giraba a la derecha hacia la parte baja del pueblo. No sé por qué supuse que la que ascendía me llevaría a la Casita de los Peregrinos y podría sellar la credencial (y, de paso, echar un vistazo y comprobar personalmente lo llena que estaba). Subí a lo más alto del pueblo resoplando, pero no encontré el hostal. Opté finalmente por dirigirme a la iglesia cuya torre se divisaba claramente. Allí, en la puerta, el párroco aguardaba tomando el fresco. Me presenté y le pedí que me sellara la credencial. Él me condujo al despacho y me estampó un bonito sello con el dibujo de una imagen de Nuestra Señora del Castillo*24. Satisfecho con la misión cumplida me dirigí al centro y entré en un bar a altura del desvío a Morata de la antigua carretera que atraviesa el pueblo desde Arganda. En el bar-cafetería Nalar en esos momentos se jugaba al bingo. Con todas las mesas ocupadas por jóvenes, pensionistas y familias enteras tuve que aposentarme en la barra y pedir una cerveza: la más maravillosa y eficaz bebida isotónica inventada por el hombre.

Allí esperé la llegada de mi sobrina que me llevó en coche hasta su casa y, tras darme las instrucciones oportunas, me dejó su piso a disposición. Realizados los deberes del peregrino: ducha, colada, tratamiento de ampollas, cena y llamadas telefónicas de rigor me fui a la cama agotado. Serían las 10 aproximadamente y dormiría hasta las 8:30. Aún me levantaría con sueño.

FOTOGRAFÍAS DE LA ETAPA


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