domingo, 18 de junio de 2017

Lindos gatitos


Tengo Facebook. Tengo whatsapp. Tengo twiter. Tengo gatos virtuales para aburrir... Me llegan signos de la invasión felina:  han tomado la red. Parece como si un hacker gatuno hubiera inoculado miles de clones de amorosos mininos en los servidores hasta colapsarlos. 

Con esos ojos hipnóticos, con esa pupila rasgada, con ese pelaje mullido y suave, con sus sensuales revolcones, con sus tiernos maullidos...  captan para su causa a todos mis contactos. Y ayudados por estos nuevos prosélitos no cesan de acosarme entrando por la gatera informática, abriendo  una gateway en mi ordenador para su próxima invasión.

Mi alergia al pelo de gato se extiende ahora al ámbito virtual. Hace tiempo, mucho tiempo, como unos diez años; que vi mi primer vídeo de tiernos gatitos jugando. ¡Y me gustó! Pero aquello duró  lo que un maullido. Después he empezado a hartarme de felinocracia en la red. Primero acapararon las fotos y a mí no me importó porque  yo no las compraba; luego monopolizaron los muñecos de felpa, pero como yo no los uso, tampoco me importó;  más adelante sus clones invadieron las redes sociales pero como yo no los compartía tampoco me importó; finalmente invadieron mi whatssap pero como no abro los videos tampoco me importó. Ahora han abducido a mis amigos; pero ya es tarde para que pueda ayudarlos.

Pero no podrán conmigo: les conozco bien. Son ellos los que se mean en mi  puerta, los que defecan  en la hierba más fresca de mi jardín, los que aplastan mis flores para echarse una siestecita, los que escarban mis brotes para buscar lombrices, los que cazan  incautas palomas en el seto y las devoran en una orgía de plumas y sangre cuyos restos descubro escandalizado. Son ellos los que se pasean por el tejado levantando tejas para buscar nidos y provocando goteras en la casa, los que amontonan desperdicios en los canalones  junto a la pared del poniente, su solarium particular; los que pisan las lechugas y las cebollas del pequeño huerto de mis padres... Son los que entran en mi coche en las noches de verano por las ventanillas abiertas y duermen en el asiento de atrás llenándolo de pelos, los que  se pasean por el salpicadero pisando con su patita el interruptor de las luces de emergencia y provocando la descarga de la batería, son los que se esconden en invierno bajo el capó en los huecos que deja el motor y maullan lánguidamente cuando, tras arrancar el coche,  no pueden salir...Son los que me miran insolentes mientras pasean por mi tejado buscando pájaros y hacen caso omiso a mis gestos ostensibles de que les cortaré la cabeza en cuanto pueda...

No. No caeré las trampas seductoras de los pequeños mininos. Pero somos ya muy  pocos los que resistimos. La Humanidad entera está a punto de sucumbir.        


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