Si me olvidara de ti, Jerusalén,
que pierda la destreza mi mano derecha,
que mi lengua se pegue al paladar
si de tí no me acordara,
si no glorificara a Jerusalén
como principal fuente de mi alegría...
(Adaptación libre del salmo 137:5-6, Reina-VaLERA 1960)
1 Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos y llorábamos,
al acordarnos de Sion.
colgamos nuestras arpas.
3 Pues allí los que nos habían llevado cautivos nos pedían canciones,
y los que nos atormentaban nos pedían alegría, diciendo:
Cantadnos alguno de los cánticos de Sion.
en tierra extraña?
pierda mi diestra su destreza.
6 Péguese mi lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no enaltezco a Jerusalén
sobre mi supremo gozo.
el día de Jerusalén,
quienes dijeron: ¡Arrasadla, arrasadla
hasta sus cimientos!
bienaventurado el que te devuelva
el pago con que nos pagaste!
contra la peña!
(Las citas están tomadas de La Biblia de las Américas .1986, 1995, 1997)
Francisco Palazón Martínez escribió una preciosa adaptación de este álbum hacia 1979.
Esta introducción me lleva a contarte el porqué de este rescate, sin venir a cuento aparentemente, de mis registros olvidados en aquellos tiempos de luces y sombras (como diría mi antiguo amigo y escritor gallego Xoan Ramiro Cuba). El aldabonazo a la memoria lo ha dado la ocupación israelí de Palestina que ya va para seis meses y con más de 30.000 muertos, muchos de ellos niños.
¡Como no acordarse de aquella terrible frase del salmo 137 (136, según otra contabilidad):
"Bienaventurado el que te devuelva
el pago con que nos pagaste!
¡Bienaventurado será el que tome tus pequeños
y los estrelle contra la peña!
Porque la destrucción, el pago contra quienes les han hecho daño (y contra muchos otros inocentes que no tienen nada que ver) ha sido devuelto con creces. Muchos niños palestinos han sido masacrados: bombardeados, abocados a la orfandad, desalojados de sus casas, abandonados su suerte, expuestos cruelmente a infecciones y enfermedades, muertos de hambre...
Yahvé, el Dios de los bombardeos y el fuego sobre "sus enemigos", ha demostrado ser el viejo Dios vengativo de la Biblia; aquel que
en el salmo 110 (109) proclama:
4 El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec».
5 El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes;
6 dará sentencia contra los pueblos,
amontonará cadáveres,
quebrantará cráneos
sobre la ancha tierra.
Desde pequeño me pareció aterrador este Dios vengador que asume la ira del "pueblo elegido" aceptando ser instrumento de la cólera indiscriminada de los agraviados. Decidme, judíos, que, en vuestra exclusiva nostalgia, añoráis el idílico Jerusalem de vuestros padres: ¿En qué os diferenciáis ahora de los nazis que os exterminaban, de las facciones palestinas que os atacaron con crueldad? ¿Quiénes son ahora los terneros llevados al matadero de vuestra preciosa canción "Dona, dona"? ¿Quién es ahora el pequeño David que se enfrenta al poderoso Goliat?
Los niños palestinos,
en sus tiendas de campaña en Rafha,
esperando el asalto israelí,
se sentaron a llorar...
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